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Es el llamado centro del corazón o centro energético cardíaco, tal vez uno de los más importantes de nuestra anatomía energética sutil. La razón de que el centro cardiaco sea tan significativo es que la apertura del centro energético correspondiente correlaciona directamente con la capacidad del individuo para expresar el amor. Entendiendo por amor tanto la autoestima como la expresión del amor a los demás. En efecto el amor puede manifestarse como cariño fraternal hacia los amigos, caridad para con el prójimo, pasión de amantes, y también como amor espiritual. Por supuesto la forma más elevada del amor espiritual es el amor al prójimo sin condiciones. Las lecciones del amor figuran entre las más indispensables que debemos aprender durante el tiempo que tenemos asignado a nuestro tránsito en el plano físico. El que experimente dificultades en asimilar esas enseñanzas podrá adolecer de anomalías en el funcionamiento del centro energético cardiaco y éstas, a su vez, afectarán al corazón físico.
  Ya que son muchos los que no logran desarrollar las posibilidades latentes en el centro energético cardíaco o “centro del corazón interior”, como también se le llama, no es de extrañar la tremenda incidencia de las enfermedades cardíacas en la sociedad moderna ni el índice de mortalidad consiguiente. Aunque el hábito de fumar y las elevadas tasas de colesterol ciertamente contribuyen también como causas de las dolencias del corazón, no deja de ser paradójico que los médicos (y los mismos pacientes) no hayan reconocido todavía la importancia del vínculo energético entre dolencias cardíacas, anomalías del centro energético del corazón e incapacidad para expresar y vivir el amor. Y decimos los pacientes, porque si éstos fuesen conscientes de tan importante relación psicoenergética, el médico podría corregir con más facilidad las actitudes y las mentalidades que contribuyeron a crear, ante todo, aquellos desequilibrios energéticos de donde resultó la predisposición a padecer el mal cardíaco.
  Además de su relación con el corazón físico, el centro energético cardíaco aporta energía sutil nutritiva a los conductos bronquiales, a los pulmones, a los senos, y además afecta al funcionamiento de todo el sistema circulatorio. Además de contribuir a la enfermedad coronaria y a los ataques cardíacos, los desequilibrios del centro energético cardíaco pueden ser el origen de otras afecciones circulatorias como las embolias, y recordemos que son miles las personas que sufren todos los años este tipo de accidente vascular. Una disminución de la energía transmitida a través del centro energético cardíaco puede manifestarse en el estancamiento del flujo sanguíneo que atraviesa el corazón físico enfermo, fenómeno que conduce a la formación de coágulos, y si uno de éstos, impulsado por la circulación, se aloja en alguna de las arteriolas del cerebro impidiendo que una parte del tejido cerebral reciba el oxígeno y el prana (“Antiguo término hindú o de yoga que designa una energía nutritiva sutil que se absorbe con la respiración”) indispensables para la vida, se produce la apoplejía. (Esta descripción es sólo un ejemplo de cómo la disfunción energética a nivel del centro cardíaco puede manifestarse en forma de accidente vascular). El flujo de energía sutil que pasa por el centro energético cardíaco refleja la importancia del amor en la vida individual y el grado de atención que una determinada persona concede a ese aspecto.
  Se comprenden mejor, a la luz de esta información, ciertas enfermedades infantiles como el asma; el niño asmático suele proceder de familias en donde la madre (o el padre) ha exagerado la función tutelar. Al nivel simbólico y al literal, es una expresión desequilibrada del amor de uno de sus progenitores lo que ahoga a la criatura. Por cuanto el centro energético cardíaco influye sobre los bronquios, el desequilibrio de energía provoca una tendencia al espasmo de las vías respiratorias, con las consiguientes dificultades de ventilación, sobre todo durante los períodos de conflicto emocional íntimo.
  Las energías de los cuatro centros energéticos inferiores simbolizan los cuatro elementos planetarios de la Antigüedad: la tierra, el agua, el fuego y el aire. Debido a su asociación con el corazón, y los pulmones, que absorben el oxígeno y hacen que éste circule por todo el organismo, el centro energético cardíaco representa simbólicamente el elemento “aire” así como el del plexo solar se enlaza con el fuego, el umbilical representa el agua y el centro energético raíz simboliza el elemento tierra. De esta manera, mientras los cuatro centros energéticos inferiores representan el plano físico, los otros tres, que son los superiores, se relacionan simbólicamente con el elemento etéreo y los demás planos superiores de la creación. El centro cardíaco viene a ser un centro energético de transición, o mediador entre las energías materiales e inferiores y las espirituales o superiores. Al igual que el aire, el centro cardíaco ocupa simbólicamente una posición intermedia entre el cielo y la tierra.
  Por cuanto el centro energético del corazón se asocia íntimamente con las expresiones del amor y de la compasión, también tiene la consideración de importante centro alimenticio, y no sólo en sentido material. En efecto muchos de los órganos vinculados ayudan a nutrir y promover la vida y la vitalidad en el resto del organismo. Los pulmones aspiran el oxígeno y el prana de la atmósfera. El corazón bombea la sangre hacia los pulmones, donde absorbe el oxígeno y el prana para distribuirlo a los demás órganos corporales. El sistema digestivo añade otros nutrientes a la corriente sanguínea, para que la circulación los distribuya asimismo por todo el cuerpo. Las mamas están localizadas a nivel del centro energético cardíaco, y constituyen un ejemplo muy señalado por ser quizás el único órgano que responde a la función exclusiva de alimentar a otro ser.
  Del desarrollo de la facultad de amar a través del centro energético cardíaco depende la facultad de atenderse uno mismo así como a los demás. Conforme se va haciendo uno capaz de amar incondicionalmente a la propia persona así como a 1os demás, se abre el centro energético del corazón y se facilita el flujo de la energía nutritiva hacia los órganos que de aquél dependen. El asma es una enfermedad relacionada con una disfunción del centro cardíaco que puede ser resultado de un exceso de atenciones por parte de otra persona. Cuando el niño es objeto de un exceso de dedicación amorosa, hasta el punto de resultar sofocado su albedrío independiente, el desequilibrio del centro cardíaco origina estímulos anómalos que afectan al árbol bronquial y dificultan el aporte del oxígeno indispensable para la vida. Demasiado de lo bueno puede ser perjudicial, lo mismo que una sobrealimentación inoportuna puede producir efectos indeseables. El exceso de atenciones, por buena que sea la intención, abruma y provoca la sensación física de ahogo a través del mecanismo que acabamos de explicar.
  En el ámbito psicológico el centro energético del corazón rige las emociones que nos atraen hacia otras personas con las que mantenemos algún tipo de relación de amor. A menudo, la aparición de la persona amada suscita en nosotros como una oleada de calor y energía en el pecho, al tiempo que experimentamos fuertes sentimientos positivos hacia esa persona. Estas sensaciones activadas a impulsos del amor, y especialmente del amor romántico, hacen que percibamos de manera consciente el flujo energético que recorre en ese momento el centro energético del corazón. De esta manera, las atenciones hacia los demás nacen de sentimientos como el amor, la compasión o la empatía; la facultad de ser atento para con otros es una manifestación de ese género de emociones, y al mismo tiempo el reconocimiento implícito de la necesidad que ellos también tienen de evolucionar y progresar física y espiritualmente. El desarrollo de los sentimientos de compasión y empatia ante el prójimo es uno de los primeros pasos en el camino que conduce a la apertura del centro energético cardiaco y al desarrollo de la conciencia superior. Cuando hallemos ausentes esos elementos en una personalidad, podemos estar seguros de que existe algún bloqueo de aquél.
  De entre los vínculos entre el centro energético del corazón y los diversos órganos físicos, se atribuye gran importancia a la asociación de dicho centro con el timo. Durante mucho tiempo los médicos creyeron que era normal que esta glándula se atrofiase en tamaño y funcionalidad a edad temprana. Pero es posible que esta opinión deba ser considerablemente revisada, a medida que los facultativos comprendan la relación energética entre la glándula timo y el centro energético cardíaco. Quizás sea necesario admitir que la involución del timo con la edad no es un fenómeno universal. En los que presentan la atrofia del timo, después de la adolescencia podríamos encontrar una relación entre los sentimientos de soledad, la depresión, el bloqueo del centro energético cardíaco y la pérdida de aquella función glandular. Los estudiosos del nuevo campo de la psiconeuroinmunología (“Una rama de la medicina, de reciente aparición, que estudia las interacciones entre la mente, el cuerpo y el sistema inmunitario, tanto en la salud como en la enfermedad”) todavía no han estudiado a fondo los vínculos energéticos sutiles entre la emotividad y la función inmunológica, aunque sí saben algo acerca de las relaciones fisiológicas entre las emociones humanas y la enfermedad. Queda sin embargo un aspecto esotérico de la inmunología en espera de ser plenamente comprendido.
  Hoy la ciencia médica reconoce que el timo desempeña un papel importante en la regulación de la respuesta inmunitaria. Anteriormente se creía que el timo sólo tenía plena funcionalidad durante la primera infancia, cuando se produce la preprogramación de los llamados linfocitos T en orden a sus especiales funciones inmunológicas; esta activación tiene lugar durante una fase crítica del crecimiento y mientras aquellos residen en dicha glándula. Hoy en cambio la investigación empieza a descubrir las poderosas hormonas reguladoras que segrega el timo; esas hormonas, llamadas timosinas, influyen durante toda la vida sobre la capacidad del individuo para combatir las enfermedades, por cuanto potencian la actividad de diferentes tipos de linfocitos T.
  La regulación por la actividad hormonal del timo seguramente tiene algo que ver también con las enfermedades de índole inmunológica. Así por ejemplo la artritis reumatoide, que es una enfermedad autoinmune (“Un tipo de reacción inmunitaria en que el organismo se ataca a sí mismo fabricando anticuerpos contra los llamados “auto-antígenos”. En la actualidad se cree que las células T-supresoras, un tipo especial de linfocitos, inhiben normalmente esta especie de reacción; por consiguiente, las enfermedades autoinmunes pueden ser debidas a una alteración de la actividad de las células T-supresoras”) en la que el cuerpo literalmente se ataca a sí mismo, ha sido tratada con carácter experimental irradiando el timo a fin de moderar su actividad. Son muchas las dolencias que resultan de alteraciones de la función inmunitaria, pero además la ciencia empieza a descubrir la presencia de componentes inmunológicos en otras muchas enfermedades que no se sospechaba relacionados con este aspecto fisiológico. Recientemente; por ejemplo, se han hallado indicios de una contribución inmunológica a la enfermedad coronaria, problema que en otros tiempos se atribuía fundamentalmente al colesterol, a la dieta, a la hipertensión y al hábito de fumar. En muchas anomalías caracterizadas por la hipofunción de un órgano, como la insuficiencia ovárica primaria, la atrofia suprarrenal y algunos tipos de diabetes infantil, se han hallado últimamente relaciones con ciertos mecanismos autoinmunes de destrucción glandular. Lo que importa recordar de todo esto es que la regulación inmunitaria por el timo puede afectar a un gran número de dolencias distintas, y recibe a su vez el influjo de la actividad del centro energético cardíaco.
  Los diversos investigadores que han examinado las relaciones entre la emotividad y las enfermedades han descubierto una fuerte correlación entre la depresión, los sentimientos de pena y la supresión de las defensas corporales. Varios psicólogos se han dedicado a estudiar los antecedentes de los enfermos de cáncer y han observado coincidencias interesantes, en particular que muchos de estos pacientes sufrieron depresiones antes de manifestarse en ellos las neoplasias malignas. Según los estudios de Leshan, a muchos pacientes de cáncer se les diagnosticó la enfermedad entre doce y dieciocho meses después de haber perdido a su cónyuge. En estos pacientes, es probable que un estado prolongado de pena y depresión haya originado la supresión de la actividad inmunitaria normal, que detecta y elimina las células cancerosas esporádicas. De tal manera que la inmunodepresión de estas personas atribuladas habría permitido la formación de masas de células tumorales voluminosas y menos vulnerables a las defensas del organismo.
  Como se sabe, los que sufren una inmunodeficiencia de cualquier origen se hallan más expuestos a la aparición de neoplasias malignas. En algunos trabajos oncológicos se ha anotado que los padres de niños leucémicos suelen manifestar, además de la reacción de pena consiguiente a la comunicación del diagnóstico, síntomas de inmunosupresión (“ Supresión de las defensas naturales del organismo, es decir colapso de la resistencia del anfitrión que es el conjunto de los factores de un organismo que le confieren una relativa inmunidad a las enfermedades; entre estos elementos figura la vitalidad general, así como la funcionalidad de los diversos aspectos del sistema inmunitario- que puede ser debida a gran número de factores químicos, emocionales o energéticos”) detectable a través de los análisis de sangre. Es un ejemplo de los potentes efectos negativos que las tribulaciones, el estrés y la depresión pueden ejercer sobre los sistemas inmunitarios de defensa del organismo.
  No han advertido todavía los investigadores que el flujo de la energía sutil del prana a través del centro energético cardiaco es un factor esencial para el buen funcionamiento del timo y, por tanto, para la plena funcionalidad inmunitaria del organismo. La glándula en cuestión produce factores hormonales como la timopoetina y otras timosinas, que regulan la actividad de los linfocitos (“Un tipo de glóbulo blanco que interviene en la respuesta inmunitaria”) en todo el cuerpo; la actividad del timo afecta en particular a una subpoblación de esas células hemáticas, la de los linfocitos T o células T, que precisamente reciben ese nombre porque adquieren sus especiales facultades durante su residencia en el timo, correspondiente a una fase temprana de programación celular.
  Las investigaciones recientes en inmunología han descubierto varias subcategorías de los linfocitos T, llamadas T-coadyuvantes y T-supresores. Las células T-coadyuvantes contribuyen a la producción de anticuerpos (“Una proteína especializada producida por el sistema inmunitario, que se combina con el revestimiento molecular de los invasores identificados como “intrusos”; esta combinación inicia diversos mecanismos dirigidos a destruir o eliminar la sustancia extraña”) y colaboran con otros tipos de células defensoras en la eliminación de las proteínas extrañas, “no propias”, y demás invasiones. Existen también otros linfocitos especiales llamados células T-destructoras cuya acción conocida estriba en la eliminación de células cancerosas; así participan en la función de vigilancia del sistema inmunitario, que se encarga de eliminar del organismo estas células anormales, además de los invasores externos como las bacterias y los virus (“Agente infeccioso submicroscópico constituido, en esencia, por un revestimiento proteínico especializado que recubre una secuencia de material genético (ARN o ADN)”). El subgrupo más importante de las células T quizás sea el de las T-supresoras, que son las que regulan la intensidad de la respuesta inmunitaria y vigilan a los demás linfocitos, como si dijéramos, para garantizar que ataquen sólo a las proteínas no propias. Cuando se pierde esta función autorreguladora por disminución del número y de la actividad de estas células T-supresoras, lo que sucede es que el organismo empieza a atacarse a sí mismo. Últimamente la ciencia médica identifica una cantidad cada vez mayor de estas enfermedades de origen “autoinmune”.
  En efecto, es muy amplia la variedad de las dolencias que tienen por origen común el mecanismo autoinmune. En estas enfermedades, los linfocitos producen anticuerpos contra las proteínas celulares de diversos órganos propios, e incluso contra el ADN, de donde resulta que el cuerpo se ataca inmunológicamente a sí mismo. Una de las más comunes, de entre esas dolencias, es la artritis reumatoide; otros ejemplos de enfermedades que responden a un componente autoinmune, cuando menos, son el lupus, la miastenia grave, la esclerosis múltiple, la tiroiditis de Hashimoto, la insuficiencia suprarrenal, la insuficiencia ovárica primaria y quizás ciertos tipos de diabetes infantil.
  En algunas de estas enfermedades los indicios sugieren la presencia de un factor concurrente vírico. Algunos investigadores han sugerido que algunos virus pueden ser capaces de alterar determinadas proteínas haciendo que parezcan ajenas a los agentes del sistema inmunitario. Las proteínas de aspecto ajeno desencadenarían entonces un ataque inmunitario general contra todo el grupo de proteínas en cuestión, tanto las alteradas por el virus como las normales del organismo. Se dispone de indicios que permiten sospechar una predisposición a estas infecciones víricas, o por lo menos a las reacciones autoinmunes que éstas desencadenan. En algunos pacientes de diabetes juvenil, por ejemplo, se descubrieron síntomas de invasión vírica del tejido pancreático, acompañadas de la presencia de autoanticuerpos perjudiciales para esos mismos tejidos; los pacientes presentaban además antecedentes genéticos comunes tipificados por el análisis HLA, que es una medida de la semejanza inmunológica entre individuos distintos. En la circulación sanguínea de estos niños diabéticos se hallaban anticuerpos dirigidos contra las células del páncreas que producen la insulina.
  Otros virus incluso consiguen alojarse en las propias células del sistema inmunitario y destruirlas, anulando la capacidad del organismo para defenderse frente a los invasores. El SIDA (síndrome de inmunodeficiencia adquirida) es una de las enfermedades más polémicas de nuestra época, que cursa acompañada de inmunosupresión, pérdida de linfocitos T e infecciones víricas múltiples. Como enfermedad responde a la presencia de un virus que tiene especial afinidad hacia los linfocitos T; informaciones recientes sugieren la existencia de otros virus, relacionados con el herpes, que manifiestan predilección por los linfocitos B, los encargados de la producción de anticuerpos.
  Con independencia del hecho de que el proceso patógeno sea iniciado por unos virus, hay que contar con diversos factores energéticos sutiles que explican quizás la predisposición de ciertos individuos a contraer la inmunodeficiencia cuando se hallan expuestos a dichos agentes patógenos. Obviamente, no todas las personas que entran en contacto con un virus contraen la enfermedad; los individuos dotados de defensas inmunológicas fuertes tal vez logran eliminar de su organismo ese virus, o los efectos del mismo quedarán reducidos a una sintomatología gripal leve.
  Uno de los factores que contribuyen en grado significativo a la fortaleza de la respuesta inmunitaria es el caudal de energía sutil que por medio del centro energético cardíaco acude a potenciar la glándula timo. Cuando se produce un bloqueo del flujo pránico a través del centro energético cardíaco debido a dificultades en la manifestación de la autoestima o el amor a los demás, la energía vital aportada al timo disminuye, lo que puede expresarse a veces como enfermedad de la propia glándula. En la miastenia grave, por ejemplo, una dolencia autoinmune causada por anticuerpos que atacan la conexión neuromuscular (y originan en consecuencia una debilidad muscular generalizada), se halla una frecuente incidencia del timoma, un tipo de tumor maligno del timo.
  Estando perjudicada la función del timo (por bloqueos del centro energético cordial) puede darse asimismo una mayor susceptibilidad a graves infecciones víricas de todo tipo. Como hemos visto, ciertas categorías de linfocitos T tienen la misión concreta de eliminar virus del organismo; es posible que la actividad de esas células se halle controlada a distancia por factores hormonales presentes en la circulación sanguínea y suscitados por los linfocitos (las llamadas linfocinas) así como por las hormonas reguladoras del sistema inmunitario (como la timosina), segregadas por el timo. En los individuos que padecen deficiencias inmunológicas atribuibles a un determinado virus, el bloqueo del centro energético cardíaco puede haber motivado una predisposición energética sutil a contraer la afección correspondiente. En cuyo caso la infección vírica habría desempeñado un papel secundario, aunque importante, en la aparición de la anomalía autoinmune o de otras enfermedades vinculadas a la inmunodeficiencia.
  La predisposición enfermiza por lo visto guarda relación con ciertos desequilibrios emocionales relativos al temperamento del amor y el centro energético del corazón. Los bloqueos de este centro energético pueden resultar de una incapacidad para expresar el amor, pero otra causa todavía más importante de tal disfunción es, con frecuencia, la falta de autoestima. La capacidad para amarse a sí mismo es más importante de lo que reconocen muchos psicólogos. La persistencia de una autoimagen negativa, la ausencia del sentimiento de valía personal, son responsables, en medida hoy por hoy todavía insospechada por muchos, de daños fisiológicos debidos a la presencia de anomalías insidiosas en el eje centro energético cardíaco(glándula timo).
  En muchos casos serán varios los centros energéticos afligidos por un funcionamiento anómalo. Por ejemplo, el bloqueo de la energía en un centro energético puede originar un flujo excesivamente pletórico hacia el centro energético inmediato inferior; un bloqueo a nivel del centro energético cardíaco, por ejemplo, haría pasar un exceso de energía al centro energético del plexo solar, que es el que sigue a aquél. Ocurre como cuando un amasijo de troncos y barro obstruye el cauce de un río y origina el desbordamiento de éste y la inundación de las comarcas circunvecinas. Las energías de la kundalini generadas en el centro energético raíz tienden a ascender por la columna vertebral hacia la corona, e inyectan energía en los demás centros energéticos que van hallando por el camino; de tal manera que un bloqueo en los centros superiores puede originar congestión y desbordamiento de las energías en los centros energéticos inferiores, como único medio para evacuar el exceso. Otras veces la enfermedad va asociada con un funcionamiento anómalo de varios centros energéticos porque el individuo padece múltiples bloqueos de la emotividad; cada obstrucción de un centro energético se relaciona con un conflicto emocional que aquél no ha sabido resolver adecuadamente. Enfrentamos los diferentes problemas emocionales y espirituales a distintos niveles de modulación de la energía de los centros energéticos.
  Muchos de los conflictos emocionales y espirituales que plantean dificultades insolubles a los individuos, acompañadas de disfunciones a nivel del centro energético cardíaco, giran alrededor de dos emociones de signo opuesto, la tristeza y la alegría. Aquél cuya vida está llena de lutos, melancolía, tristeza, soledad, depresión e incapacidad para expresar sus sentimientos hacia los que le rodean, indudablemente padecerá desequilibrios del centro energético cardíaco, como se observa entre parientes muy allegados o esposos que han de enfrentarse a una separación, o entre los familiares de un ser querido cuya enfermedad ha llegado a la fase terminal. La depresión subsiguiente al fallecimiento de una persona allegada puede ir acompañada de remordimientos por no haber actuado adecuadamente o a tiempo para evitar la tragedia; lo que se traduce a menudo en incapacidad propia para disfrutar de las alegrías de la vida, aun cuando aquellos remordimientos estuviesen totalmente injustificados. Son los desequilibrios emocionales y espirituales de este género los que producen bloqueos del flujo de la energía a través del centro energético cardíaco, que tal vez se manifiesten más adelante como disfunción celular a nivel del timo.
  Teniendo en cuenta que esta glándula afecta a los diversos tipos de células que combaten las enfermedades en todo el organismo, el funcionamiento anómalo de aquélla es susceptible de originar una depresión general de las defensas inmunitarias promoviendo, por consiguiente, la vulnerabilidad a toda clase de infecciones bacterianas y víricas. En razón de los efectos del timo sobre determinados tipos de linfocitos, especialmente los T-coadyuvantes y los T-supresores, cabe sospechar la aparición de daños más específicos en órganos corporales concretos.
  Precisamente las células T-supresoras han sido objeto de intensa atención últimamente por parte de los investigadores, deseosos de comprender la intervención de aquellas en las enfermedades autoinmunes. Si estas células T-supresoras no evitan que el cuerpo se combata a sí mismo, el sistema inmunitario puede entrar en un círculo vicioso, con el perjuicio consiguiente para aquellos órganos del cuerpo que han quedado desprotegidos.
  La inmunosupresión selectiva de la función de las células T-supresoras, debida a diversos tipos de disfunción del eje centro energético cardíaco-timo, pueden afectar igualmente a otros centros endocrinos del organismo. Pueden verse los efectos de acción autoinmune remota sobre los centros glandulares en dolencias tales como la tiroiditis autoinmune, la insuficiencia suprarrenal y la insuficiencia ovárica primaria. En los procesos patológicos donde un centro endocrino determinado aparece afectado por la destrucción autoinmune, probablemente el individuo enfermo padece desequilibrios de la energía sutil tanto en el centro energético cardíaco como en el centro glandular cuyas funciones hormonales se han revelado perjudicadas por la anomalía inmunológica. Por ejemplo, la insuficiencia suprarrenal autoinmune puede suponer disfunciones de ambos centros energéticos, el del plexo solar y el cardíaco. De manera similar, la insuficiencia ovárica primaria se retrotrae seguramente a bloqueos de la energía sutil tanto en el centro energético del corazón como en el gonadal o sacro.
  Otra afección del sistema inmunitario probablemente asociada con bloqueos del centro energético gonadal es el SIDA. Una de las primeras correlaciones que se hallaron entre el SIDA y los homosexuales fue la gran frecuencia de los contactos sexuales en quienes luego resultaron afligidos por la enfermedad, muchos de los cuales pertenecían a la comunidad gay. La promiscuidad, es decir el revolotear de una pareja sexual a otra sin sentimientos genuinos de amor, sin duda debió enfocar un exceso de energía hacia el centro gonadal. Evidentemente, esto por sí solo no sería la causa única del SIDA; pero la mayor frecuencia de los contactos sexuales implicaba un mayor riesgo de exposición al virus de la inmunodeficiencia adquirida. Por otra parte, las actitudes negativas frente a la homosexualidad que predominan en nuestra cultura perjudican sin duda la autoestima de los homosexuales, cuando menos en el plano inconsciente. No es infrecuente que los gay tengan una baja opinión de sí mismos. Con el tiempo esto podría originar un desequilibrio en el centro energético cardíaco; las variaciones desfavorables del flujo energético en este centro energético paralizaron la función del timo, y de ahí resultó una indefensión frente al virus del SIDA.
  La manera en que el virus del SIDA colabora a la recurrencia de enfermedades es consecuencia de sus efectos sobre la función de los linfocitos. Concretamente el virus afecta a determinados linfocitos T, sobre todo a las células T-coadyuvantes. Uno de los criterios para el diagnóstico del SIDA en análisis de laboratorio es precisamente el índice de la subpoblación de T-coadyuvantes con referencia a las T-supresoras. Cuando disminuye el número de las primeras y asimismo escasean las T-destructoras, el organismo resulta más vulnerable a las infecciones víricas y bacterianas, así como a los tumores malignos como el sarcoma de Kaposi. Desde el punto de vista esotérico la disminución del número de linfocitos no la origina únicamente el virus de la inmunodeficiencia humana, sino también la disfunción del eje centro energético cardíaco/glándula timo, que habrá creado con anterioridad en el individuo la predisposición patógena. Aparte la presencia del virus del SIDA, hallaremos en las víctimas de esta enfermedad los bloqueos del centro energético cardíaco, del centro energético gonadal y de otros de estos centros del cuerpo sutil. Obvio es decir que las disfunciones energéticas sutiles que afecten al centro energético del corazón y las dolencias correlativas, que responden a desequilibrios en la expresión del amor, serán consideradas con creciente atención por parte de los terapeutas de Energía Vital.