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Sabemos mucho sobre la salud y las enfermedades del cuerpo, y los curamos. Tomamos especial cuidado sobre nuestros cuerpos. Hay en muchas partes del mundo un culto del cuerpo. Concurrimos a gimnasios, hacemos deporte durante horas todos los días. Nuestro vigor físico en muchos casos es óptimo. Pero la mayor parte de nosotros le damos poco tiempo al desarrollo de nuestra mente. Existe una nítida desproporción entre la forma en que cuidamos nuestro cuerpo y el tiempo y el esfuerzo para adquirir conocimientos con el cultivo de la espiritualidad en todas sus manifestaciones.
  En la actualidad, la población del  mundo occidental desarrollado pone la mente alrededor de máquinas, conduciendo automóviles, viajando en aviones, manejando computadoras, todo tipo de instrumentos mecánicos, electrónicos etc. lo que no les permite disfrutar del descanso y de un ambiente calmo donde la espiritualidad pueda crecer en la dirección correcta.
  Además de las leyes materiales hay leyes espirituales o psíquicas en el universo. El mundo occidental no toma exacta conciencia de estas leyes. Los grandes profetas y los Mesías -quienes aparecieron en distintas partes del mundo a lo largo del tiempo- permitieron vislumbrar estas leyes y muchas veces las hemos rechazado por superstición o mito puro.
   Pero realmente esas enseñanzas contienen la verdad y son esenciales para la seguridad y la supervivencia de la raza humana.
  Si vamos al campo podemos ver a los que lo cultivan sonriendo en sus zonas y lugares de trabajo. En Buenos Aires o en las grandes ciudades del mundo difícilmente encontramos a la gente con aspecto feliz. En la gran ciudad se trabaja precipitadamente en un ir y venir constante con múltiples preocupaciones que nos acosan todos los días.
  ¿Podemos pensar que en estas condiciones podemos gozar de paz interior?
  Definitivamente; no.
  ¿Podemos obtener felicidad? Sí.
  Si cumplimos con el principio básico de la felicidad que es "Apreciar lo que se tiene e ir en busca de más".